La banalidad del faranduleo político

TV. Candidatos y sus dobles, entrevistas entre vedettes, discusiones a grito pelado: en campaña, los futuros gobernantes aceptan bailar “por un sueño”.

Confieso que no me agradan. Como a la mayor parte de la intelectualidad, me parecen vulgares, a veces denigrantes y en general aburridos. Pero no se discute una cuestión de gustos. Sino si objetivamente los programas de entretenimiento donde participan políticos, o los de actualidad que hablan de política como si fuera otra sección más del show business, son dañinos para la democracia y está mal participar en ellos. Mi respuesta es: no, los redime el contexto.

En un ambiente tan signado por el desacuerdo y la polarización llama la atención qué tan rápido y fácilmente hayan acordado a este respecto gente que en casi todo está en desacuerdo. Desde la jerarquía católica a CFK, pasando por Sarlo, Stolbizer, Diana Conti y hasta Jésica Cirio han criticado la complicidad que se habría establecido, o fortalecido, entre ciertos dirigentes políticos y conductores de programas como Showmatch y Animales Sueltos.

El paso de los principales precandidatos a presidentes por el programa de Tinelli disparó el debate, pero él venía ya incubándose por las mezcolanzas en que aceptan participar muchos dirigentes en el programa de Fantino, donde son puestos en pie de igualdad con vedettes y otros personajes de dudosa probidad intelectual. Todo fogoneado por dirigentes no invitados a estas tertulias que se han ocupado de hacer de esa condición un mérito: reprocharon tanto a los incluidos como a los conductores su falta de seriedad en el tratamiento de los asuntos públicos, al mismo tiempo que su escaso pluralismo. El problema es que no dejaron muy en claro si su ideal sería que los programas de entretenimientos practiquen una estricta abstinencia política, y dejen los asuntos serios en manos de gente seria, o que estén obligados a una más amplia representatividad.

En alguna medida el propio Tinelli pareció contestarles hace pocos días: hizo lugar en un momento del Bailando por un Sueño a un debate sobre las responsabilidades históricas de Turquía en el Genocidio Armenio, así como sobre responsabilidades más amplias de ese y otros países en las masacres actualmente en curso en Oriente Medio, y todo en un breve intervalo entre fintas y movimientos de cadera para aquí y para allá. Podría haber sido un papelón, una nota bizarra, pero no lo fue. Se piense lo que se piense del zar de la tevé, hay que reconocerle arrojo y versatilidad.

El show no nos impide pensar, parece querer decir el empresario y conductor, y tal vez tenga razón, y convenga revisar los términos en que se debate este problema. En primer lugar, qué significa farandulización política, cuáles son sus expresiones y consecuencias. En segundo lugar, qué relación hay entre ese fenómeno y nuestra vida política, la que transita tanto por los medios como por canales institucionales y pareciera estar hoy buscando nuevos rumbos, pero es difícil saber si van a ser mejores o peores que los conocidos.

Qué es farandulización; cómo combatirla
Farandulización no es entretenimiento, porque entretenida puede ser cualquier cosa, un debate a calzón quitado sobre asuntos públicos o una entrevista donde una persona pública se humaniza y expone. Es entretenimiento que banaliza, lo que sucede cuando la política no sólo adopta los recursos del espectáculo sino que se reduce a show y simulación.

No es tanto un problema del género o los recursos que la política use para expresarse, como de los criterios de validación a los que apele y el respeto o no de los argumentos que en alguna medida la legitimación democrática necesita. En concreto, significa que los gestos imperen sobre las palabras, que la dramaturgia suprima por completo la deliberación.

Se suele decir, pero es falso, que un gesto valga por mil palabras. Más bien es al revés: las palabras usualmente valen mucho más que los gestos. Sólo que a veces las palabras se degradan hasta tal punto, quieren decir tan poco, que son pura gesticulación, rito, marketing. El predominio de las artes dramatúrgicas sobre las de la argumentación suele estar en el origen de este tipo de problemas: cuando la disputa política se reduce a gestos se ritualizan hasta las palabras, y entonces no hay forma de evaluar argumentos, y a través de ellos conductas, decisiones, la calidad de las políticas, todo se reduce al desempeño actoral de ciertos personajes que nos hacen creer que son inteligentes, comprometidos, valientes, quieren lo mejor para el país y sufren por no conseguirlo y por la maldad de los demás. Eso es banalizar la política, y la farandulización, la gesticulación mediática con que los políticos simulan participar de un varieté donde todo se puede decir para caer simpático y parecer ingenioso, o sufrido u honesto, y no hay que argumentar absolutamente nada, es una de las formas en que la banalización alcanza su forma más extrema.

Un sentido común populista en todos lados fortalece esta tendencia y las instituciones políticas tienen por desafío resistirla. Allí donde estas son frágiles resisten poco y mal. O porque ellas mismas se vuelven canales de la dramaturgia, o porque reactivamente se aíslan, vuelven opacas y pierden legitimidad. El Parlamento, así, a veces es un circo y a veces un bodrio y una caja negra. Y lo mismo sucede con los tribunales, que pueden ofrecer uno de los espectáculos a la vez mediáticos e institucionales más entretenidos y útiles para la cultura cívica, o los peores.

Una de las claves de la política contemporánea es cómo encontrar equilibrios entre dramaturgia y deliberación, entre ritos, gestos y argumentos, y eso algunos líderes políticos y algunos periodistas lo saben hacer muy bien. Una pregunta que cabe hacerse al respecto es si lo hace mejor Tinelli que Lanata, o que 6,7,8. Parecería que el primero no sólo ofrece más entretenimiento sino que se abre a más argumentos e invita gente más diversa que el último. Por lo que se aprende más buena política en Showmatch que en el canal oficial.

Pero la comparación también podría aplicarse a figuras políticas específicas. La Presidente nos tiene acostumbrados a un show que no tiene nada de match: lo juega sola, no permite que nadie la interrumpa ni se abra ninguna grieta en su discurseo. Su autocelebración permanente se teje con muchos argumentos, pero es una retahíla de frases que no deliberan con nadie, son solo propaganda. Un monopolio de puros gestos de imposición.

Y no es la única forma en que banalizan la política los políticos, sin ayuda de la “tele basura”. Una la experimentamos hace pocos días cuando se generó y enseguida se quiso cerrar un debate sobre las burlas a Scioli por manco. Rabolini lloró y con su gesto quiso prescindir de argumentos, dejar sentado que Randazzo era un maldito. Pero vino la contraargumentación: el ministro no se arredró y recordó otros gestos bien faranduleros de la primera dama bonaerense, cuando sí avaló graciosamente la imitación de su esposo. Podría haber dado ejemplos mejores incluso, como las risas que despertó en la propia Cristina que a él se lo llamara en actos oficiales “el Scioli con dos brazos”.

Renacer político agitado
El politólogo Gerardo Scherlis ha escrito que los líderes necesitan mostrarse lejos de los partidos pero no pueden prescindir de ellos. Necesitan simular que son más “nuevos” de lo que son. Y destacó un aspecto fundamental de los programas de entretenimiento: son lo más barato y sencillo para este fin porque ponen a los líderes en contacto con todo el mundo, más allá del estrecho círculo de las elites y los interesados en política. Es un trabajo que alguien tiene que hacer y los programas serios de la tele apenas si ayudan.

Claro que sería mejor que la gente además de ver Fantino y Tinelli leyera el diario, pero es difícil lograrlo. Lo más que se puede desear es que los sepan leer quienes hacen esos programas. Y por más que a uno no le agrade el trabajo o las opiniones de personajes como Fantino y Tinelli, hay que decir que no parecen estar menos instruidos y peor informados que el grueso de nuestra elite política. ¿Justifican la violencia? ¿Descalifican a los que piensan distinto? ¿Inventan o manipulan datos de la realidad para tratar de tener razón y negársela a los demás? ¿Usan argumentos descalificatorios y violatorios de derechos?

Se los ha acusado con algo de razón de degradar a las mujeres y probablemente con algo de razón. Pero en otros aspectos son un dechado de respeto. Cuando Randazzo pasó por Animales Sueltos para refutar a Rabolini, dijo algunas cosas interesantes contra la hipocresía. Pero a continuación descalificó a Fantino por leer Clarín y creerle. El conductor se anotó un poroto cuando le contestó que muchísima gente lee y le cree a Clarín, así que no veía un problema en imitarla. Decir esto hoy en la pantalla de un canal masivamente oficialista es una lección de respeto y civismo.

Este es el fondo del asunto: el contexto está tan deteriorado, la política argentina debe remontar tal caída, que aunque Fantino y Tinelli no se interesen demasiado en promover la cultura democrática lo hacen. Y esto es clave porque la política argentina no está en riesgo de caer en la farandulización, se esfuerza por volver de ella, saliendo del registro donde bajar un cuadro era una revolución, y entrando en otro en que se pueda hablar y medir resultados y comparar soluciones.

La etapa que se cierra, recordemos, tuvo también a Tinelli farandulizándola y legitimándola en sus orígenes. Recordemos el histórico paso de Néstor Kirchner por su programa, burlándose y denigrando junto al conductor a dos ex presidentes, banalizando de ese modo la tragedia que venía de vivir el país. En provecho de ellos mismos, dos personas que se destacaban por haber estado entre los mayores beneficiarios tanto de los problemas como de su solución. Ni CFK ni los de Carta Abierta objetaron entonces la farandulización. Es que era toda en su provecho. Hoy que el entretenimiento no tiene ya un burlado y un burlador, por más que la Presidente insista en competir con su propio show, se vuelve inevitablemente pluralista, se interrumpe con argumentos, y la política como la vida fluye.

El episodio Tinelli-Randazzo-Rabolini-Fantino terminó con los tres principales precandidatos comprometiéndose ante la Iglesia a debatir luego de las PASO. No es poco. La Iglesia se anotó un poroto, pero sería injusto no reconocerle mérito a los propios aspirantes, e incluso también lo sería decir que es un logro alcanzado “contra Tinelli”. Por primera vez podrá tener un debate presidencial. Luego algunos dirán que fue aburrido, otros que fue puro show, y muchos ni lo verán. Pero de a poco habrá cambiado el ambiente.

Por Marcos Novaro

Publicado el 1 de Junio en Revista Ñ/ Clarín

(sociólogo e investigador. Es autor de Peronismo y democracia (Edhasa).